lunes, 4 de agosto de 2008

Carlos Tapia: al paisaje por la imaginación

Fue en los años noventa del siglo pasado, que en Costa Rica la constante superación creadora de los precedentes del espacio físico rural y urbano, y de las viejas convenciones del paisajismo, condujo definitivamente de la práctica de transcribir lo real sobre el registro de lo ideal, a una verdadera aventura de invención paisajística que ha contado con diversas operaciones y donde se ha pasado, consecutivamente, de la estética de la imitación y de la interpretación, a la de la recontextualización, a la del cuestionamiento y de la conceptualización de lo propio porque apropiado estéticamente.

Y fue en ese punto donde arrancó cronológicamente la obra pictórica de un joven turrialbeño y estudiante de arquitectura, uno que como tantos constructores de espacios antes que él, tienen en la disciplina bidimensional del soporte y el pigmento, del empaste o el pincel, una forma de indagación alterna al mundo tridimensional de los espacios construidos y habitables porque tales. Una obra que leída en la perduración histórica de su hacer en la plástica costarricense, puede verse sin desmerecerla, como inserta en la tradición esa del paisaje como tema nacional por excelencia, pero a la que él aporta sí un elemento si bien no inédito, fresco en su materialidad plástica y óptica.

Pues es ahí donde se inserta en el arte costarricense contemporáneo la actual obra de Carlos Tapia, porque paisaje más allá de la representación mimética del entorno y más bien apropiación imaginaria y conceptual del mismo; un nuevo concepto de paisaje que se hace extensivo también a las paredes de lo edificios mirados, a los materiales de que pudieran estar construidos, a los objetos que humanizados los habitan edificados por dentro, y a los fragmentos de naturaleza que puedan rodearlos o habitarlos igualmente.

Porque en Carlos se trata llanamente de paisajes urbanos y de internos pasajes, de íntimas habitaciones animadas como aquellas que bien recordamos de José Luis López, y que como aquellas son de un expresionismo inherente a sus espacios habitables, mas casi siempre habitados por presencias vivificantes en los objetos que se animan al paso de su pincel creador. Como en López Escarré, otra vez, en sus interiores a veces hubo personajes y ya no los hay, mas siguen habiendo gatos, esos tan felinos suyos que por sí solos ocupan un lugar en la animalística pictórica nacional.

Pues a diferencia de otros momentos en su obra de pintor, ahora ya no hay bodegones en los cuadros de Tapia, aunque puedan encontrarse aún algunos tan floridos como felices hallazgos, en los rincones del espacio bidimensional de su encuadre; mientras los gatos sí pueden protagonizar todavía algún cuadro desde una silla o un diván, mirando a su alrededor o mirándonos interior(mente), siempre mirándonos desde las ventanas al exterior que ventajas ahora les abrió el pintor, que los ama coloridos.

Paisaje urbano y, por tanto, signado por la preponderancia del elemento humano, pero este no en tanto que figura que le habita como ausencia -¿otra reminiscencia de la “generación nacionalista”?- sino como aporte del presente diseño y de lo construido matérico, de lo artificial como mayormente expresivo de una época y de un país más urbano y menos nostálgico de un campo desconocido casi y por eso, para una generación entera como la nuestra, aunque provengamos de él como costarricenses.

A mi entender, es ahí cuando se da la inversión mimética, cuando la recontextualización de un viejo concepto le brinda al artista nuevo una inédita herramienta expresiva... y entonces el pintor, que nunca anduvo al “plein air”, vuelve al taller que es su casa y es su causa, porque jamás salió de ella, y es desde allí que pinta el paisaje que le habita urbano, mas no necesariamente el habitat de que su ciudad le rodea. Mucho hay en ello del trastocar de los valores que inspiraron el nacimiento de la pintura de paisaje que nos ocupa -paradoja terminal, que diría Octavio Paz-, inversión paradojal en que puede leerse el espíritu de nuestra época, concreta pero evasiva.

Pintura del habitat urbano ciertamente, más de un habitar imaginado en su propia espacialidad ciudadana, porque es la imaginación la que configura su universo de figuras convexas, de su óptica cóncava y de su arquitectura fantástica, ecléctica infinita, plena de embotellamientos y perspectivas imposibles, como imposibles tantos de los espacios y los ambientes de M. C. Escher.

Porque como en el trabajo de Escher, hay en el de Carlos Tapia mucho de arquitectónico, pero en su caso de ese arquitecto que dejó en ciernes y atrás, pero que aún le habita hacia adelante; a diferencia del trabajo de aquel maestro, eso sí, en el de Tapia más que la línea en sí y la complejidad del dibujo como solución, es sin duda el color el principal estructurador de la espacialidad, un color fuerte y una pura paleta que recuerdan a Matisse en su pureza y al Pop Art en su audacia al mismo tiempo.

Como puede apuntarse en otros pintores costarricenses, hay también en Tapia una asimilación de esos autores y de esas corrientes e influencias cosmopolitas, que han enriquecido su hacer de paisaje imaginado, su imaginar errabundo por el mundo sin snobismo alguno. Y es ahí, en la imaginación sin desmesura, en la pictórica singladura que sobrepasa de sobra la tela y el bastidor para abrirse vivo mundo, donde reside a juicio mío la particularidad de Carlos Tapia como pintor contemporáneo, y de su paisaje urbano imaginado para un más allá del hoy, del aquí y del ahora mundano.

Tapia porque límite colórico, pintor de contrastes porque contrastante él mismo con su propio medio, donde se particulariza sin volverse parcela ni parcialmente envolverse en un único tema, explorador de ambientes vívidos, andariego de países y paisajes que están vivos aquí mismo, entre nos-otros los costarricenses, y entre todos aquellos que otros quieran compartir su universalidad conquistada. Paisaje pues no subordinado a tema alguno, paisaje sin conflicto romántico entre lo natural y lo humano, mas paisaje con arraigo y como continuidad de la tradición en la que nació inmerso, aunque hoy pueda confundirse su lectura en el obtuso panorama de la plástica actual.

He dicho de Carlos Tapia en otra ocasión, que personaje de sí mismo, posee una mirada felina, mirada que le permite ver una ciudad que nosotros no vemos sino por sus ojos de gato colorido, unos interiores arquitectónicos que no sabríamos ver si no fueran así mirados, fantásticos, un paisaje urbano y distinto, costarricense porque cosmopolita y onírico: un paisaje al que llegó por su imaginación, de tan pintada y tan rica mirada.


(Todas las fotografías, cortesía de Galería Valanti)