domingo, 8 de noviembre de 2009

La vieja Biblioteca Nacional: memento

En un artículo publicado con ocasión de la demolición del viejo edificio de la Biblioteca Nacional en 1971, anotaba el poeta Alfredo Cardona Peña que “Demoler edificios “ancianos”, cuando estos han sido de utilidad pública, es un crimen de lesa urbanidad. Es tan grave como talar un árbol que ha dado paz y sombra a muchas generaciones.”

Y es que ese, ciertamente, era el caso del edificio aquel. Como institución, la Biblioteca Nacional había sido fundada en 1888 al calor del reformismo liberal y su proyecto de nación, junto a otras de igual importancia y rango -el Museo, la Escuela de Bellas Artes, el Instituto Geográfico y el Teatro-; sin embargo sus orígenes se remontaban a la que fuera la biblioteca de la Universidad de Santo Tomás. Ubicada originalmente en la segunda planta de un local frente al Mercado Central, en 1899 se trasladó a una vieja y apenas acondicionada casona en la esquina de la avenida 1 con la calle 5.

No obstante, ya antes de esa fecha, en 1895 y ante la necesidad de que la institución contara con un inmueble funcional y apropiado a la labor cultural que desempeñaría, el arquitecto Augusto Fla Chebba había propuesto un diseño suyo para ese y otros fines -albergaría también al Registro Público y a los Archivos Nacionales-, mismo que no se realizaría. Y no sería sino hasta 1906, en que la primera administración de don Cleto González Víquez daría inicio al edificio de la Biblioteca Nacional, tras haber invertido setenta mil colones en la adquisición de la propiedad donde se encontraba la antigua casona, que hubo que demoler por razones obvias.

El diseño arquitectónico del mismo, a juzgar por documentos hoy desaparecidos de los Archivos Nacionales, fue realizado en Inglaterra en fecha cercana a 1900; y luego, cuando la Dirección General de Obras Públicas encargó al ingeniero costarricense Nicolás Chavarría Mora la elaboración de unos planos constructivos con ese fin -labor que realizó con la colaboración del dibujante y futuro ingeniero Guillermo Gargollo-, este probablemente se limitó a hacer una adaptación modificada de aquellos diseños ingleses.

Por esa razón, se ha atribuido el diseño de ese edificio al ingeniero Chavarría, equívoco común en nuestra historiografía arquitectónica y debido casi siempre al hecho de que este, en tanto que supervisó los aspectos técnicos de su edificación, aparece en la respectiva documentación como su responsable. Pero, ciertamente, Chavarría Mora era un profesional de reconocida solvencia, graduado en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica, como ingeniero en construcciones civiles y mecánicas en 1889; y tras su regreso al país ese mismo año, fue nombrado Director General de Obras Públicas, colaborando con cuya Oficina Técnica tuvo una destacada participación en el diseño y las obras del Teatro Nacional, inaugurado en 1897.

Por su parte, la elegante edificación de la Biblioteca abrió sus puertas en 1907. Según uno de los simétricos esquemas neoclásicos, su planta de distribución poseía forma de “U”, con un ala frontal que albergaba el vestíbulo, dos laterales que daban cabida a las amplias salas de lectura y las estanterías de piso a cielo en tres niveles, y un patio central donde posteriormente se construyó una ampliación de un solo nivel. Las oficinas administrativas a su vez, se encontraban en la segunda planta.

Estéticamente hablando, el edificio pertenecía a la corriente ecléctica en boga entonces, con el fuerte arrastre neoclásico que solía caracterizarla, también, más allá de la planta. Así, los ritmos renacentistas los establecía la alternancia de la ventanería con los buques ciegos que se interrumpían, únicamente, con el volumen que enfatizaba el triple portal del acceso principal. Rematando a este, el frontispicio lo constituía un arco rebajado que se truncaba a la manera barroca, para acoger un busto de la diosa Minerva -mismo que luego y por razones hoy desconocidas, se trasladó a un pedestal en el jardín-, referencia a la sabiduría que se completaba con una alegoría en relieve de las ciencias y las artes, obra del maestro Tomás Povedano.

Constructivamente, se trataba de una estructura portante de metal con vigas tipo doble “T” y entrepaños de mampostería de ladrillo, a la que para mejorar la estabilidad y estática se proveyó además de un zócalo de piedra de granito. Este era labrado en dicho material, y al igual que el resto de la decoración constituida por molduras de cemento, fue fabricado en el Taller Nacional por artesanos contratados al efecto; mientras el repello de que se revistió la fachada de primer nivel simulaba ser sillería de piedra, y en el segundo nivel un repello aparentemente lavado. Artesanos nacionales también y por contratación privada, fueron quienes realizaron los acabados en madera de la obra, y especificadas en cedro amargo o caoba, se hicieron las puertas, ventanas y molduras de todo tipo del edificio, así como sus muebles usuales y las estanterías fijas y giratorias.

Pero a pesar de la generosidad espacial de aquel noble y vetusto inmueble, al parecer desde la década de 1930 afrontaba ya limitaciones para su funcionamiento, tanto por falta de espacio como de condiciones adecuadas para alojar y conservar su acervo documental, mientras la falta de mantenimiento y sus consecuencias empezaban a dificultar la atención de la creciente demanda de sus servicios. Desde el punto de vista técnico-constructivo además, el edificio era doblemente vulnerable por la carencia de viga corona y de placa de fundación, aspectos lógicamente no contemplados cuando se construyó.

De modo que para mediados del siglo pasado, eran varios los problemas que aquejaban al edificio de la Biblioteca Nacional y por muy distintos factores, aunque como tantas veces, nuestro idiosincrático descuido de lo público jugara el papel principal. Eso condujo a la intervención del Ministerio de Obras Públicas que, al realizar inspecciones técnicas durante los años cincuenta, concluyó que había fallas estructurales en el inmueble que constituían un peligro para la seguridad de los funcionarios y del público en general, todo lo cual hizo pensar, ya en los sesenta, en la construcción de un nuevo edificio.

La idea, urbanamente lógica y funcionalmente sana de por sí, no fue correspondida sin embargo, por la de la restauración y conservación de aquel que había sido durante décadas para la ciudadanía costarricense, alberge de sus deseos y necesidades de conocimiento. Igualmente, fueron dejados de lado su valor histórico-arquitectónico, así como el simbólico cívicamente hablando… y eso que estaba por fundarse el Ministerio de Cultura.

De modo que el crimen de lesa urbanidad que llamara el poeta, se tranzó con su venta por poco más de un millón de colones -como si la memoria de un pueblo tuviera precio-, para luego consumarse con su demolición y convertir el histórico predio en un parqueo, tendencia urbana que así inaugurada, ha hecho historia también en nuestra mutilada ciudad… que desde entonces, lamenta pero nada más, la pérdida de la que fuera su Biblioteca Nacional.